Tiempo atrás mi
marido cambió de repente. Empezó a salir de noche. Primero una vez a la semana,
luego dos, tres y, casi últimamente, todos los días, con nuevos pretextos. Me
molestó su actitud, pero supe guardar silencio. Algo se traía entre manos.
Entonces opté por seguirlo. La última vez me dijo que iba a una reunión de
negocios. Salió, y en la esquina hizo
parar un taxi. Lo mismo hice yo. Le rogué al chofer que lo siguiera, que no lo
perdiera de vista. Después de un cuarto de hora de recorrido, el taxi de mi
marido se detuvo. El hotel era imponente a la vista, mis sospechas se
acrecentaron. Bajé del automóvil y fui tras él. Dentro del hotel le consultó
algo al botones y de inmediato abordó el único ascensor. Al rato hice lo mismo,
ascendí hasta el tercer piso. No había nadie en el pasillo, pero pude escuchar
su risa inconfundible viniendo de una de las habitaciones. Entonces dejé pasar
un tiempo y, sigilosa, probé con la manija de la puerta de la habitación. Para
mi sorpresa, esta cedió. Obviamente no era ninguna reunión de negocio, aunque
no pude creer lo que veía. La cólera, la rabia producto de mis celos,
desapareció. Quise que me tragara la tierra. Mi marido, el padre de mis hijos,
increíble pero cierto, estaba desnudo boca abajo con otro en la cama.
Enrique Tamay
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